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Existen cuatro clases de hombres virtuosos que tienen fe en mí, Arjana:
El hombre que sufre,
el que busca poder,
el que busca
sabiduría
y el sabio.
BHAGAVAD GITA
En
el bosque cercano a un pequeño pueblo de la India vivía un hombre que despertaba
la admiración de los aldeanos por su gran santidad, a la vez que los
desconcertaba frecuentemente con sus muchas extravagancias
Un día, un grupo de hombres del pueblo decidió ir a verlo para pedirle
que predicara para las personas de aquella pequeña comunidad. Argumentaron que
sería de gran beneficio para ellos poder recibir aunque más no fuera una ínfima
proporción de su sabiduría. En realidad, habían decidido que ésa sería una
excelente ocasión para poner a prueba sus dotes y aclarar los confusos
sentimientos que aquel extraño personaje les despertaba.
El hombre, siempre solícito a los deseos de los demás, aceptó
inmediatamente la petición. No obstante, al llegar el día señalado para la prédica,
su intuición le dijo que una intención oculta había motivado a los hombres
del pueblo. Decidió acudir de todos modos a la cita y darles una enseñanza,
aunque posiblemente diferente de la que ellos esperaban recibir.
Llegado el momento, todo el auditorio estaba reunido con la expectativo
de pasar un buen rato a costa del
predicador. El maestro no tardó en hacerse presente ante ellos. Saludó
brevemente, hizo silencio durante un instante y luego les dijo:
-Mucho me honra estar aquí. ¿Saben ustedes acerca de qué voy a
hablarles?
-No –contestó el auditorio al unísono.
-En ese caso –dijo-, no les diré nada. Frente a tanta ignorancia, nada
de lo que yo pudiera decirles merecería la pena. Hasta tanto sepan de qué voy
a hablarles, no pronunciaré una palabra.
Sin decir más, el hombre se retiró. Los asistentes, atónitos, no
supieron qué actitud adoptar y se fueron desconcertados a sus casas.
Al día siguiente, los aldeanos se reunieron para decidir qué hacer.
Resolvieron reclamar nuevamente la palabra del santo, que aceptó con la misma
buena disposición con que lo había hecho la primera vez. El día convenido se
presentó ante ellos y preguntó:
-¿Saben de qué voy a hablarles?
-Sí, lo sabemos –contestaron los aldeanos.
-En ese caso –dijo el santo-, nada tengo para decirles que ya no sepan.
Buenas noches, amigos.
Los aldeanos se sintieron burlados por la abrupta despedida y
manifestaron su indignación. Sin embargo, no se dieron por vencidos. Por
tercera vez convocaron de nuevo al hombre santo, que con su habitual bondad
aceptó la invitación.
El santo miró lentamente a cada unos de los asistentes allí reunidos.
Después les preguntó:
-¿Saben, amigos, de qué les hablaré hoy?
Los aldeanos estaban preparados, no querían dejarse atrapar de nuevo y
habían convenido cuál sería la respuesta:
-Algunos lo sabemos y otros no.
Y el hombre santo dijo:
-En ese caso, lo indicado será que los que saben transmitan su
conocimiento a los que no saben.
Después de pronunciar estas palabras, el hombre santo volvió a su
apacible vida en el bosque.
Cuentos de la Indiaç.
Alejandro Gorojovsky
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